jueves, 14 de abril de 2011

Entrevista: Rock barrial

Paseando por Buenos Aires se pueden ver grafitis que “decoran” las paredes de las casas y las persianas metálicas de los negocios y garages. Enuncian frases sin un sentido aparente, pero en un costado aparece la sigla RNR (Rock and Roll) y, de repente, se entiende: son nombres de las bandas under o de barrio.
Las Pastillas del Abuelo, se leía en las pintadas en Caballito desde el 2002 y, a medida que pasaba el tiempo, el nombre era cada vez más familiar. Este grupo está formado por Juan Fernandez, Diego Bozalla, Fernando Vecchio, Alejandro Mondelo, Santiago Bigisich, Juan Comas y Joel Barbeito, quienes explicaron que la banda nació “por el placer de tocar y estar con amigos”.
En tan sólo cinco años lograron subir rápidamente la escalera hacia la popularidad: de tocar para familiares y amigos, pasaron a La Trastienda, el Pepsi Rock 2005, Gesell Rock 2006, numerosas veces en El Teatro, en la provincia de Buenos Aires y el último 11 de abril pudieron tocar, en un show impresionante, en el Luna Park. “Nos dimos cuenta de nuestro crecimiento cuando presentamos nuestro primer disco en el 2005”, cuentan.
A pesar de esta sostenida evolución, los chicos de las Pastillas no se preocupan por el futuro: “Somos de la idea de dejar que las cosas sucedan, que todo fluya. Nos preocupamos por ensayar, seguir componiendo y tocar todo lo que podamos”.
Cuatro años antes de la formación de las Pastillas, un grupo de amigos del secundario, Alejandro y Diego Kurz, Miguel Soifer y Pablo Spivak, se juntaron para tocar en un cumpleaños. Allí nacía lo que luego fue El Bordo, que toma su nombre por el vino Bordolino.
La popularidad no fue tan rápida en este caso; estuvieron algunos años tocando en pequeños bares y tratando de hacerse conocidos en giras por la costa Atlántica. Luego, con el agregado de Diego Kohon, tuvieron la oportunidad de presentarse con MAM (la banda de Omar Mollo) en el 2000 y de sacar su primer demo llamado, oportunamente, Paso a paso.
Se incorporaron Omar Tucci y Sebastián Notte y, junto con ellos, sacaron su primer y segundo disco, Carnaval de heridas y Un grito en el viento y pudieron compartir escenario con La Renga y Callejeros en el 2002. Tocaron en El Teatro de Flores con un marcado aumento en su público, pero el éxito llegó en el 2006, cuando llenaron el Estadio de Obras Sanitarias.
Ese mismo año sacaron su tercer disco, En la vereda de enfrente y en el 2007 presentaron Yacanto, tocando por primera vez en un estadio, - el de Ferro-. Volviendo al pasado, en 1995, Juan Rodríguez, Ariel Paladino, Emiliano de la Encarnación, Pablo Otero, Maximiliano Suppa y Carlos Quinteros decidieron formar Andando Descalzo. “Nos juntamos para no aburrirnos a la salida del colegio”, contó entre risas Rodríguez.
En estos trece años pudieron tocar con Aztecas Tupro, Las Manos de Fillipi, Villanos y Karamelo Santo, hicieron innumerables giras por la Costa Atlántica, por el interior del país y sacaron dos discos de forma independiente. “Trabajar independientemente es bastante complejo, hay muchas limitaciones en la difusión, fabricación, hay cosas que no se pueden hacer”, relató Rodríguez.
Con mayor o menor esfuerzo, lenta o rápidamente, cada grupo va haciendo su camino, un camino que sólo tiene un destino: llegar a la mayor cantidad de gente, transmitiendo su mensaje.

Entrevista: Osvaldo Rubén "Patota" Potente

Con ojos llenos de nostalgia, recuerda esos días en los que lo llamaban “Patota”. Osvaldo Rubén Potente, aunque no ganó campeonatos, fue uno de los grandes jugadores en la historia de Boca Juniors, en donde jugó desde el 71 hasta el 75 y, luego de un paso por Rosario Central, volvió en el 79 para retirarse un año después.
Potente prefiere no comparar el pasado con el presente, “hubo un cambio rotundo”, cuenta. “Por ejemplo, en el juego, me parece que ahora le dan más importancia a lo físico que a lo futbolístico. Es más agresivo, de muchos choques y roces que antes existían pero menos”.
Relata que hay más exigencia por parte de los técnicos, ya que “si en un campeonato corto pierden dos partidos, los echan, entonces el técnico exige que corran más. Antes, el que conducía el equipo era más conductor y más de hacer el juego que otra cosa”.
Se dio cuenta que, desde hace seis o siete años, los jugadores “se agarran, se abrazan, se sacan la camiseta” y el árbitro no lo cobra. “Me sorprende porque lo tienen que enseñar en las inferiores, entonces quiere decir que los jugadores aprenden de chicos que se debe jugar así”, comenta.
Hablando de cambios y contrastes, los contratos de los futbolistas crecieron a pasos agigantados. “El jugador ganaba para comprar su auto y un departamento de tres ambientes y ahora gana para comprarse tres autos y cuatro departamentos por año. Son pocos los jugadores de esa época que hayan quedado bien, tienen que trabajar de otra cosa”.
A veces, ni así alcanza. “Ayer me enteré que AFA le va a dar un subsidio a jugadores del mundial 78´, caso René Houseman, que no tienen un peso. Y han salido campeones del mundo. Ganaban para mantenerse uno o dos años”, relata.
A la hinchada también le llegó el cambio, en los 70` no se hablaba de barrabravas, “simplemente uno jugaba, la gente alentaba, no te exigían nada porque no había relación con ellos. No había violencia, o existía pero no se sabía porque ahora hay tanto periodismo que uno se entera de todo”.
Luego de viajar con la máquina del tiempo que lo llevó a los 70`, vuelve al 2007, y ya nada es igual, los futbolistas hacen publicidades y tienen contratos millonarios, la violencia lo llena todo y el fútbol se convirtió en una empresa que no entiende eso de “sentir la camiseta”.

Crítica de Cine: Kandahar

Desolación, desesperación, miedo, son las definiciones atribuibles a los territorios ubicados al sur de Afganistán, cerca de una ciudad llamada Kandahar. Entre un cielo celeste, un brillante sol -tapado ocasionalmente por nubes grises-, y un mar blanco de arena que parece extenderse hacia el infinito, se presentan las diferentes caras de una población atacada por el hambre, las enfermedades y las secuelas de una guerra ya pasada.
El paisaje desértico cambia abruptamente por una construcción hecha con ladrillos del mismo color que la tierra, y que nos invita a entrar. Es una escuela, pero no una tradicional. Una numerosa cantidad de niños tratan de entender y aprender el libro que tiene en frente, el Corán. Es la escuela de un maestro talibán, donde se enseña a pelear en pos del Islam.
Cerca de allí, se presenta lo más cruel de la guerra. Grandes y precarias carpas verdes con un signo rojo en forma de cruz grabado en sus paredes se erige para llevar un poco de calma. La calma de quienes van en busca, principalmente, de piernas ortopédicas, debido a fueron mutilados al explotar una de las miles de minas colocadas en la región.
Como la lluvia que cae para apaciguar un día caluroso, las piernas caen en paracaídas desde un avión hacia el asentamiento de la cruz roja. Son muchos los mutilados y la ayuda, poca. Los hombres corren, ayudados por muletas, para alcanzarlas. Es una carrera difícil y competitiva en busca de la recuperación de aquello que nunca debieron haber perdido.
Al mismo tiempo que ocurre estas escenas, familias enteras cruzan el desierto tratando de escapar. Al verlas, se evidencia una de las costumbres del Medio Oriente: la prevalencia del hombre sobre la mujer, que nos retrotrae hacia una época pasada y superada por los occidentales.
Las mujeres están tapadas totalmente por una burka, un velo que les cubre desde la cabeza hasta los pies, con aberturas a modo de colador para que puedan mirar, pero para no ser vistas. Verde, violeta, naranja, blanco para las novias y negro para las viudas, las burkas le dan color a la monótona vista.
Este es un escenario que nos muestra Kandahar, una película del director iraní Mohsen Makhmalbaf realizada en el 2001, que refleja una verdad dura, triste y atroz, en los años posteriores a la guerra con la Unión Soviética.

jueves, 7 de abril de 2011

Entrevista: Musicoterapia

Es un remedio que se ingiere por los oídos, recorre cada parte del cuerpo, reparando los problemas y curando los dolores. Así es la musicoterapia, una disciplina que combina el arte con la ciencia, la música con la psicología.

Según Johanna Scillone, estudiante de la Universidad de Buenos Aires (UBA), hay tantas definiciones como musicoterapeutas. “Desde mi perspectiva, es una terapia que debe trabajar interdisciplinariamente con otras, como la medicina, la psicología, la terapia ocupacional, la fonoaudiología y otras, como fuese necesario”, explicó.

Según la Federación Mundial de Musicoterapia, ésta es la utilización de la música y/o de sus elementos para facilitar la comunicación, el aprendizaje, la movilización y la expresión. Busca descubrir los potenciales y restituir las funciones para alcanzar una mejor organización intracorporal, con el fin de una mejor calidad de vida.

“Se toma la música desde cualquier punto de vista. Se puede escuchar, componer, crear, improvisar, jugar y cantar. Los instrumentos no se ven desde lo estético, no se tiene en cuenta lo bello o desagradable, sino que se intenta hacer llegar al cerebro estímulos para la relajación y anulación de la enfermedad”, informó Scillone.

Como cada persona es única, el tratamiento también debe serlo. Por eso, se trabaja a partir del vínculo que forman el paciente y el terapeuta, teniendo como mediadora a la música, con lo que se forma un proceso que es individual.

Teniendo en cuenta las diversas formas en que se puede utilizar esta técnica y su carácter personal, la musicoterapia se puede aplicar en diversas circunstancias: es para pacientes con capacidades especiales, con enfermedades mentales y físicas, en geriatría, con enfermos terminales, en ámbito social o educativo y, según Scillone, es útil para cualquier persona que la quiera experimentar.

A pesar de no tener amplia difusión, la musicoterapia ya tiene 77 años. Se comenzó a utilizar en 1930 en la ciudad estadounidense de Nueva York, cuando se comprobaron científicamente los resultados positivos que generaba.

En Argentina, se enseña desde 1967 gracias a uno de los pioneros, el Doctor Rolando Benenzon, quien la pudo incluir en la Facultad de Medicina de la UBA y en la Universidad del Salvador (USAL), aunque todavía no tiene total reconocimiento por parte de la legislación del país.

La Asociación Argentina de Musicoterapia (ASAM), junto con la UBA, la USAL, la Asociación de Musicoterapeutas de la República Argentina (AMURA) y la Asociación de Musicoterapeutas de la Ciudad de Buenos Aires (AMDEBA), presentó en octubre de 2006 un proyecto de ley para legalizar la práctica, que ya tiene media sanción en la cámara de diputados de la Nación.

Sin embargo, poco a poco se está haciendo conocer. Desde el último octubre, en San Luis se lleva a cabo el proyecto gratuito “La musicoterapia para los niños y sus familias”, que tiene el objetivo de prevención, protección y promoción de la salud de los chicos.

Además, se realizan proyectos desde la ASAM y se practica en los hospitales “Dr. Ricardo Gutiérrez”, José T. Borda, Ignacio Pirovano, Dr. Pedro Elizalde, entre otros y en clínicas privadas y consultorios particulares.