Desolación, desesperación, miedo, son las definiciones atribuibles a los territorios ubicados al sur de Afganistán, cerca de una ciudad llamada Kandahar. Entre un cielo celeste, un brillante sol -tapado ocasionalmente por nubes grises-, y un mar blanco de arena que parece extenderse hacia el infinito, se presentan las diferentes caras de una población atacada por el hambre, las enfermedades y las secuelas de una guerra ya pasada.
El paisaje desértico cambia abruptamente por una construcción hecha con ladrillos del mismo color que la tierra, y que nos invita a entrar. Es una escuela, pero no una tradicional. Una numerosa cantidad de niños tratan de entender y aprender el libro que tiene en frente, el Corán. Es la escuela de un maestro talibán, donde se enseña a pelear en pos del Islam.
Cerca de allí, se presenta lo más cruel de la guerra. Grandes y precarias carpas verdes con un signo rojo en forma de cruz grabado en sus paredes se erige para llevar un poco de calma. La calma de quienes van en busca, principalmente, de piernas ortopédicas, debido a fueron mutilados al explotar una de las miles de minas colocadas en la región.
Como la lluvia que cae para apaciguar un día caluroso, las piernas caen en paracaídas desde un avión hacia el asentamiento de la cruz roja. Son muchos los mutilados y la ayuda, poca. Los hombres corren, ayudados por muletas, para alcanzarlas. Es una carrera difícil y competitiva en busca de la recuperación de aquello que nunca debieron haber perdido.
Al mismo tiempo que ocurre estas escenas, familias enteras cruzan el desierto tratando de escapar. Al verlas, se evidencia una de las costumbres del Medio Oriente: la prevalencia del hombre sobre la mujer, que nos retrotrae hacia una época pasada y superada por los occidentales.
Las mujeres están tapadas totalmente por una burka, un velo que les cubre desde la cabeza hasta los pies, con aberturas a modo de colador para que puedan mirar, pero para no ser vistas. Verde, violeta, naranja, blanco para las novias y negro para las viudas, las burkas le dan color a la monótona vista.
Este es un escenario que nos muestra Kandahar, una película del director iraní Mohsen Makhmalbaf realizada en el 2001, que refleja una verdad dura, triste y atroz, en los años posteriores a la guerra con la Unión Soviética.
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